Continuamos nuestro viaje a través de las distintas colecciones que integran el catálogo de Girard-Perregaux con este nuevo artículo dedicado a la Colección WW.TC, acrónimo de World-Wide Time Control, cuyo leit motiv radica en la indicación de las horas mundiales. Tomando como base esta complicación, la manufactura de La-Chaux-de-Fonds crea una serie de guardatiempos, algunos de ellos verdaderos iconos de la historia de la marca y de la alta relojería, que se distinguen unos de otros por las indicaciones adicionales que implementan. 

De hecho, cada uno de los modelos de esta colección y obviando sus distintas referencias, complementa su nombre con el de la indicación añadida que le proporciona el calibre que alberga: desde el pequeño segundero hasta el cronógrafo, pasando por la indicación de reserva de marcha o la inédita indicación de los horarios de funcionamiento de los distintos mercados bursátiles.

Esta colección de Girard-Perregaux constituye un pretexto perfecto para escribir sobre la historia que condujo a la adopción del sistema estandarizado de husos horarios, sus defensores, detractores, intentos fallidos y aceptación final. Lo que inicialmente estaba previsto como una breve introducción a la complicación de horas mundiales se ha convertido en lo que, en mi opinión, supone un artículo en toda regla.

Es por este motivo que lo que estaba destinado a ser contado en una única entrega lo he fragmentado en dos: la primera de ellas, la que estáis leyendo, dedicada a la historia de la complicación y basada en su mayor parte en la Pocket Guide que Osvaldo Patrizzi dedica a esta colección de Girard-Perregaux; la segunda parte la dedicaré exclusivamente a hablaros de todos aquellos modelos que integran la actual colección ww.tc.

Breve historia del UTC (Universal Time Coordinated).

Dado su uso generalizado en la actualidad y su demostrada utilidad, se podría pensar que el establecimiento de los meridianos y de los distintos husos horarios que representan fue fruto de un mero trámite. En realidad, su nacimiento, fue el final de una larga y fascinante historia puesto que para ello fue necesaria la confluencia de gentes de distintas culturas, orígenes, intereses y lugares geográficos. Persuadir a todos ellos para la aceptación de la idea de una estandarización de la hora llevó cerca de 500 años.

Reloj de bolsillo con caja de plata firmado por Jean-François Bautte hacia 1835.
Este reloj mostraba dos horas distintas con sincronización independiente y pequeño segundero común a las 6.
Actualmente en el Museo Girard-Perregaux en La Chaux-de-Fonds.

La creación de un Sol ficticio y de una hora estándar.

Los relojeros parisinos adoptaron la máxima “solis mendaces arguit horas” (las horas del Sol son falsas), para convencer a sus clientes de la calidad de sus relojes, que medían una hora distinta a la indicada por el Sol.

Para resolver este problema de irregularidad presentado por el astro rey, se introdujo un Sol ficticio que fuera capaz de describir un movimiento completamente regular. De este modo se podía establecer un día estándar de duración constante a lo largo de todo el año y, gracias a él, una indicación horaria también estándar y distinta de la hora real indicada por el Sol. La diferencia entre los dos mediodías (hora real o solar – hora estándar) puede ser como máximo de 16 minutos y 33 segundos de desviación positiva (hora estándar retrasada respecto de la hora solar) y de 14 minutos y 6 segundos de desviación negativa (hora estándar avanzada respecto de la hora real o solar). Estas diferencias son las máximas y tan sólo ocurren dos veces al año. Generalmente la diferencia entre ambas horas es inferior a los cinco minutos y, en cuatro ocasiones, los dos mediodías coinciden. Aunque no se trate del objeto de este artículo, tan sólo anotar que precisamente en la indicación de estas desviaciones es en la que consiste la complicación de la ecuación del tiempo, implementada también por Girard-Perregaux en uno de sus guardatiempos de la Colección 1966 y del que ya os hablamos en el artículo publicado en octubre.

Reloj de bolsillo con caja de plata firmado por Girard-Perregaux hacia 1860.
Este reloj mostraba de manera simultánea las horas de cinco ciudades distintas: Montevideo, San Francisco, Río de Janeiro, New York y París.
Actualmente en el Museo Girard-Perregaux en La Chaux-de-Fonds.

En un momento dado del día, todas las ubicaciones situadas en el mismo meridiano tienen la misma hora local (estándar o solar), mientras que es distinta para aquellas ubicaciones localizadas en meridianos distintos. Las horas locales difieren entre ellas en un valor igual a la diferencia de longitud existente entre dos ubicaciones dadas. De este modo, por cada grado de diferencia en longitud oeste, el mediodía local tiene lugar cuatro minutos más tarde.

La necesidad de un sistema horario nacional.

La diferencia existente entre las distintas horas locales, aunque carecía de importancia en el seno de las comunidades locales, empezó a crear problemas en el momento que la gente empezó a desplazarse de una ciudad a otra con el fulgurante desarrollo de los ferrocarriles. Antes, la diferencia de una hora de longitud tan sólo se experimentaba en viajes de varios días de duración y, en los negocios, la incertidumbre en la determinación de la hora, incluso aún cuando se trataba de una diferencia de varias horas, no era motivo de preocupación. El ferrocarril (y el telégrafo), sin embargo, hicieron que estas diferencias se convirtieran en esenciales.

El sistema en uso debía ser inevitablemente revisado, particularmente para le red de ferrocarriles que debían operar de manera regular y segura. Inicialmente, tan sólo existían líneas aisladas y el horario que gobernaba la actividad de cada una de ellas era el correspondiente a la principal ciudad que había dado origen a la línea. La estructura del ferrocarril se volvió más compleja: había tantos horarios de ferrocarril como estaciones principales y viajar a través de ellas suponía ir cambiando de un sistema horario a otro.

Detalle de la imagen anterior.

Corría el año 1866 cuando, en Italia, había seis horarios de ferrocarril (Turín, Verona, Florencia, Roma, Nápoles y Palermo). Fue precisamente en ese año cuando se decidió que todos los horarios debían unificarse tomando el de Roma como horario estándar. El 12 de diciembre de 1866, con la implementación del horario de invierno, se introdujo el horario estándard en el ferrocarril, así como en los servios de correos y telégrafos, no sólo para el uso interno sino también para el público en general. De manera adicional, por razones prácticas, las principales ciudades de Italia decidieron por cuenta propia adaptarse al nuevo horario estándar de Roma extendiéndolo a los ámbitos público y privado. En esencia, había nacido una hora estándar nacional. Milán sincronizó sus relojes públicos al nuevo horario el 12 de diciembre de 1866, Turín y Bologna le siguieron el 1 de enero de 1867, Venecia el 1 de mayo de 1880 y, finalmente, Cagliari hizo lo propio en 1886. Por aquél entonces Gran Bretaña también había implantado su hora nacional mientras que Suecia, en 1879, lo hizo con una revolucionaria decisión que consistió en adoptar la hora correspondiente al meridiano de Greenwich en lugar de la correspondiente a Estocolmo. Francia no adoptó su horario nacional hasta el 14 de marzo de 1891, referenciándolo a la hora local de su capital, París.

Un problema internacional por resolver.

Aunque el paso de la hora local al sistema horario del ferrocarril y, posteriormente, a las distintas horas nacionales, aseguró una medición del tiempo más uniforme a nivel interno de cada país, quedaba por resolver el mayor de los problemas: la diferencia horaria entre los distintos estados. En un antiguo horario de ferrocarriles del año 1870 se puede observar que existía una diferencia de 47 minutos entre los horarios en uso entre Italia y Francia, 20 minutos de desfase con Suiza y 10 minutos con el utilizado en Austria y Hungría.

En los viajes largos este hecho suponía una situación complicada ya que era necesario cruzar distintos estados y, con ello, sincronizarse a los distintos horarios de cada uno de ellos: entre Roma y San Petersburgo había siete horas locales (nacionales) distintas y por lo menos doce entre París y Constantinopla, sin incluir los sistemas horarios prusianos, que eran tantos como estaciones de ferrocarril. Con el sistema prusiano la confusión era aún mayor ya que los horarios de ferrocarril para el público general estaban basados en los distintos horarios locales, mientras que la tripulación de los trenes, que no podía trabajar con un sistema horario sujeto a tal variabilidad, se regía por un horario de uso interno para el servicio. De este modo, los operarios de ferrocarriles se veían obligados a utilizar dos sistemas horarios distintos en función de con quién hablaban, usuarios del servicio o personal de la red de ferrocarril.

Modelo de la colección actual. WW.TC Financial Chronograph.

La solución no era simple ya que los horarios nacionales tendrían que ser sacrificados, lo cual podía conducir a inconvenientes de índole política. Adicionalmente, la unificación se debería llevar a cabo sin recurrir a medidas que supusieran reformas radicales, ya que la vida cotidiana estaba vinculada al Sol y la hora estándar no podía diferir en exceso de la hora solar.

De la radicalidad de Oppolzer a la lógica de Filopanti.

Theodor von Oppolzer, Director del Observatorio Astronómico de Viena entre los años 1841 y 1866, propuso una solución radical consistente en el establecimiento de una hora universal absoluta. Simplemente consistía en extender de manera global y a todos los efectos la hora local de Greenwich (u otra correspondiente a un meridiano de referencia distinto). Los relojes de todo el mundo marcarían exactamente la misma hora. El día se iniciaría oficialmente en todo el mundo a las doce de la noche correspondientes al meridiano de Greenwich, es decir, a las 19:00 en Nueva York, a las 8:00 en Beijing,… Obviamente, con este sistema, las conceptos hoy, ayer y mañana perderían todo su significado lo que hubiera conducido a una confusión total y absoluta.

Quirico Filopanti

La solución propuesta por Filopanti era realmente práctica. Si el globo se divide longitudinalmente en 360º y su superficie en 24 zonas, cada una de estas zonas estará limitada por dos meridianos separados 15º y a cada una de ellas le corresponde la hora de su meridiano medio situado a 7,5º de cada uno de los extremos de la zona correspondiente. El sistema de husos horarios habilitaba la tan deseada unificación en la medición del tiempo sin que la hora estándar difiriera en exceso de la hora real o solar, ya que la diferencia entre ambas nunca era superior a media hora si cada estado adoptaba la hora de su zona horaria, impuesta por el meridiano correspondiente.

Husos horarios según Filopanti.

Dowd, Fleming y la Conferencia Internacional del Meridiano.

Charles F. Dowd

Dowd presentó su idea en primer lugar en una conferencia de directores de compañías ferroviarias para, posteriormente, publicar un folleto de la misma. Este panfleto, que fue ampliamente divulgado, contenía una descripción de los principios científicos en los que había basado su propuesta, además de un ejemplo de horario para todas las líneas de ferrocarril. El único punto en el que la propuesta de Dowd se aventuraba a conjeturar era en la posibilidad de adoptar el meridiano de Washington como referencia, en lugar del meridiano de Greenwich que por aquel entonces ya había adoptado Estados Unidos en el ámbito marítimo desde 1850. La tumba de Dowd luce una placa conmemorativa en la que se puede leer “En la solución del problema de la hora estándar, demostró ser un benefactor del mundo”. Extraordinariamente y al igual que sucedió con Filopanti, la contribución de Dowd en la definición de una hora estandarizada es poco conocida, no sólo en Europa, sino también en los Estados Unidos.

Sir Sandford Fleming.

 El sistema de husos horarios fue adoptado en 1879 durante el transcurso de una conferencia en la que se propuso extender el sistema de Dowd a nivel mundial. Fleming, que propuso la creación de 24 horas estándar para sustituir a las horas locales de cada una de las zonas difiriendo del meridiano de referencia en múltiplos enteros, fue una pieza clave en la preparación de la Conferencia Internacional del Meridiano, convocada en agosto de 1884 en Washington por el Presidente Chester A. Arthur. El motivo principal de esta conferencia era discutir la elección del meridiano que debía representar el meridiano cero o de referencia (longitud cero) y la creación de una hora internacional que gobernara la administración de los ferrocarriles, telégrafos y servicios de correos. La misma cuestión ya había sido discutida en la conferencia geodésica de Roma en 1883 sin alcanzar ningún acuerdo definitivo.

La razón de esta unificación era puramente científica y, en la resolución final se hizo constar que “el Congreso propone adoptar el meridiano de Greenwich como meridiano cero, pasando por el centro del Observatorio de Greenwich. Así mismo, el Congreso también propone la adopción de un día universal, que se utilizará siempre que sea útil, sin proponer la eliminación de las horas locales ni la de otras horas en uso”.


Giovanni Celoria (1842-1920), segundo astrónomo en el Observatorio de Brera, comentó sobre las decisiones del Congreso y escribió que “
desde un punto de vista práctico y en la vida civil, la hora universal tiene un valor mínimo. Sería grotesco, como mínimo, que los habitantes de San Francisco, por ejemplo, tuvieran que considerar el mediodía alrededor de las 4:00 hora local. Evidentemente, los asuntos y las vidas de los habitantes de una región dada no pueden estar gobernados por otro horario que no sea el local, o por lo menos por un horario que difiera lo menos posible de éste y que tenga una conexión relativamente simple con la hora universal. Afortunadamente, los Estados Unidos han solucionado el problema. El país ha sido dividido en cuatro zonas, regidas respectivamente por las horas correspondientes a los meridianos que pasan sobre ellas a 75, 90, 105 y 120 grados al oeste del meridiano de Greenwich, cada una diferenciada de la hora universal por un número entero de horas. Para cambiar del horario de ferrocarril o telégrafo a cualquier otro sistema, simplemente es necesario cambiar la hora dejando los minutos inalterados. Este cálculo, rápido y simple, evita cualquier tipo de error o confusión. En términos generales, las distintas naciones europeas tienen territorios que no son extensos, longitudinalmente, y por tanto rigen sus horas según el meridiano que corresponde al país en cuestión. La única reforma que sería útil desde un punto de vista internacional sería la elección de horas nacionales que pudieran ser distinguidas unas de otras y de la hora universal por un número entero de unidades, permitiendo la transición de un sistema horario a otro de manera más fácil y rápida. Pero por el momento, la mayoría de los estados europeos no consideran esta reforma, u hora universal”. Filopanti ya había llegado a esta conclusión 25 años antes …

Husos horarios de la Ruta Burlington según la Conferencia Internacional del Meridiano.

En cualquier caso, la Hora Estándar entró en vigor en los Estados Unidos y Canadá por iniciativa de la American Railway Association el mediodía del 18 de noviembre de 1883 y su uso extendió rápidamente al ámbito civil. La plétora de horarios de ferrocarril y la impracticabilidad de una hora universal absoluta, por motivos obvios, fueron los factores determinantes. La intervención de W. F. Allen, secretario de la General Time Convention (organización responsable de los horarios y la seguridad de las líneas de ferrocarril) fue fundamental: demostró cómo la idea de una Hora Estándar se adaptaba a las necesidades de las líneas de ferrocarril. De hecho, el número de estos horarios se redujo de 56 a 4 (uno para cada una de las zonas horarias definidas).

Reproducción del mapa original de husos horarios del ferrocarril en Estados Unidos en 1884.

El sistema de husos horarios no fue inmediatamente adoptado en todo el mundo. Fundamentalmente, la preocupación estaba motivada por el miedo a perder la hora nacional, la confusión sobre las horas en distintas zonas horarias y el temor a no tener una frontera claramente definida entre los distintos husos horarios. Pero el beneficio práctico que ofrecía el nuevo sistema y la ventaja que presentaba sobre la propuesta de una hora universal fue crucial.

En Europa, el soporte al nuevo sistema nació por iniciativa individual del austríaco Ernst von Hesse-Wartegg (1854-1918) y su libro “Die Einheitszeit nach Stundenzonen” (Un sistema horario uniforme por husos horarios). Determinante fue también la posición del mariscal de campo von Moltke quien, en 1891, promovió su adopción en Alemania. Por aquél entonces, en Alemania, el gran miedo radicaba en que la anarquía reinante en los horarios de ferrocarriles podía causar retrasos en las movilizaciones de su ejército.

En Italia el sistema fue adoptado el 10 de agosto de 1893 por decreto ley (el meridiano que marca el huso horario en el que Italia se encuentra, el segundo meridiano, pasa por el Etna). Durante la noche del 31 de octubre, los relojes de las oficinas de ferrocarriles y de los edificios estatales fueron avanzados en diez minutos, lo que corresponde a la diferencia de hora entre Roma y Europa Central. Italia se sometía a la mayoría en una transformación que uno de sus grandes intelectuales, P. Filopanti, había concebido antes que el resto del mundo, allá por 1859.

Mapa de husos horarios actual.

Sobre el Autor

Ingeniero Técnico Industrial, de formación electrónica con pasión por la micro-mecánica. Co-fundador y editor de Watch-Test. En mi trabajo y en la vida tengo una máxima: Las cosas hay que explicarlas de manera que se entiendan. De lo contrario, el esfuerzo es en vano.

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