Uno de los valores más solidos con los que cuentan algunas marcas relojeras es su bagaje histórico, una correlacion de sucesos, algunos puntuales o anecdóticos y otros singularmente trascendentales, que define el carácter único y diferencial propio de cada firma. Muchas de ellas las conocemos sobradamente: Patek Philippe, Vacheron Constantin, Audemars Piguet… grandes marcas que han sabido gestionar su patrimonio histórico y transmitirlo al público como un valor a tener muy en cuenta a la hora de realizar una adquisición.

Otras sin embargo, aún teniendo una historia larga y prolífica, llena de hitos y acontecimientos memorables, no disfrutan de ese reconocimiento. Simplemente, la propia evolución de la marca ha provocado que ese prestigio laboriosamente adquirido a lo largo de sus años de existencia, se haya visto relegado o incluso olvidado en la memoria colectiva.

Una de estas grandes marcas es, sin duda alguna, Longines. La firma perteneciente al Grupo Swatch, poco a poco y a base de mucho trabajo va recuperando el escalón que históricamente le corresponde dentro de la Alta Relojería. Gracias a una muy acertada relación calidad/precio, unos diseños realmente interesantes y al trabajo comercial llevado a cabo, Longines bate año tras año sus récords de ventas.

Pero si escribo este artículo no es para felicitarlos por los resultados económicos, sino para alabar su esfuerzo en recuperar su historia, sus orígenes, sus logros…. En definitiva, su memoria histórica y por tanto, la de la relojería suiza en general.

En el marco de una acción realmente original que se ha llevado a cabo en nuestro país, Longines se propuso mediante la convocatoria de un concurso, encontrar su guardatiempos más antiguo. El premio para el ganador consistía en un viaje cuyo principal atractivo era la visita a las instalaciones de la marca en Saint-Imier. Watch-test ha tenido el placer de ser invitado a dicho viaje, y ahora  queremos compartir con todos vosotros esta experiencia.

Las instalaciones de Longines se emplazan en Saint-Imier, pequeña población perteneciente al cantón de Berna, situada a pocos quilómetros de los reconocidos centros relojeros de La Chaux-de-Fonds y Le Locle. Enclavado en pleno Jura suizo, Saint-Imier y sus escasos 5.000 vecinos tienen a Longines como principal activo industrial. Lo que no todo el mundo sabe es que Breitling también tuvo su inicio en Saint-Imier, en 1884, aunque se trasladó a La-Chaux-de-Fonds unos años más tarde.

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El pasado 21 de mayo nos citamos en el aeropuerto de Ginebra, invitados y organizadores. Procedentes de Cádiz llegan el principal protagonista del evento Patricio Zaballa junto a su esposa Antonia Santos, ganador del concurso gracias a un Longines de bolsillo tipo cazador con un número de fabricación que, según los archivos de la marca, se corresponde al 29 de diciembre de 1883.

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Imágenes cedidas por Patricio Zaballa

Nos acompaña Esther Gordillo, propietaria de la Joyería Antonio Gordillo que, con una historia de seis décadas y dos puntos de venta, ostenta, entre otras grandes firmas, la distribución de Longines para todos los vecinos de la bella capital gaditana y sus alrededores. Y como no, nuestro perfecto anfitrión, Miguel Ángel Palmer, máximo responsable de Longines en España.

Todo el grupo nos trasladamos a Neuchâtel, directamente al Hôtel Beau-Rivage, un elegante y lujoso hotel situado a orillas del lago que pasa a ser nuestra base operacional. Un cielo inseguro y amenazador no nos impide, tras un breve descanso en las respectivas habitaciones, un relajante paseo por esta tranquila ciudad. Durante la cena que celebramos en el Restaurant O’Terroirs, conocimos a Xavier Ligero, regional sales manager de Longines, de cuya compañía pudimos disfrutar durante el resto de nuestra estancia.

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Al día siguiente, toca diana y a las 8:45 nos ponemos en marcha hacia Saint-Imier, directos al corazón de Longines. Después de media hora de curvas a través de un paisaje fabuloso, llegamos a la sede de Longines.

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En pleno proceso de ampliacion, los edificios que acogen sus instalaciones presentan un aspecto industrial, claramente funcional y práctico. Su construcción en 1867 siguió el estilo típico del Jura para permitir el máximo aprovechamiento de la luz solar en los días previos a la electricidad. Los edificios eran rectangulares en lugar de cuadrados, con ventanas de suelo a techo colocadas muy juntas para llevar la máxima luz posible a los bancos de trabajo. La escasa anchura del edificio, con ventanas a cada lado, impedía disponer de habitaciones en su centro sin luminosidad.

Accedemos a la recepción presidido por un busto de Ernest Francillon, el fundador de Longines, y un gran reloj de arena,  símbolo de la marca. Pasamos a un gran despacho donde pudimos admirar todos los modelos de la actual colección de Longines, destacando varias piezas de la colección Heritage como el Legend Diver o el Lindbergh.

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A cabo de unos minutos y después de un reconfortante café nos dirigimos a departamente denominado T1 donde, tras vestirnos adecuadamente, accedimos al espacio donde el Grupo Swatch y ETA ensambla el calibre co-axial de Omega. Lamentablemente, no os podemos ofrecer ninguna instantánea que os muestre el grado de control en el ensamblaje de dicho calibre: a cada estación de trabajo, le sigue otra que controla y valida los parámetros de tolerancia que se corresponden a dicha operación. Especialmente interesante me ha parecido la supervisión extremadamente exhaustiva de los niveles de aceitado.

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Una vez salimos de la T1, pasamos al plato fuerte del recorrido, el nuevo Museo Longines recientemente remodelado con motivo del 180ª aniversario de la fundación de la marca. Permitidme que no me exceda en la descripción, pero es que su recorrido merece un artículo exclusivo, que pronto publicaremos, vista la cantidad y calidad de las piezas y documentos exhibidos, acompañadas de una museografia a la altura de lo que la firma se merece. La visita estuvo espléndidamente guiada por Mara Celant, Brand Heritage Project Leader de Longines, que entre otros proyectos, es la artífice de la exitosa aplicación de Longines para tablets.

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Durante más de una hora y media, viajamos por el tiempo y la historia de la marca, desde sus inicios con los primeros guardatiempos evidentemente de bolsillo, hasta la actualidad, pasando por la exposición universal de 1900 en París, las hazañas de Lindbergh o la asociación de Longines con el deporte olímpico. Y todo ello amenizado por los comentarios y apreciaciones de don Patricio, coleccionista y profundo “connaissseur” de la marca. Ha sido un verdadero placer poder debatir y compartir conocimientos.

Después de tamaña inmersión relojera, llegaba el momento de reponer fuerzas. Nos trasladamos a la vecina ciudad de La Chaux-de-Fonds donde degustamos las viandas que ofrecía el Hôtel de Ville donde degustamos uno de los mejores filetes que he catado en mi vida.
Nuestra visita prosiguió con la visita al fascinante Musée International d’Horlogerie, uno de los mejores lugares del mundo donde poder conocer en profundidad la historia y  evolución de la medida del tiempo. Una parada imprescindible.

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Al salir, bajo una persistente llovizna recorrimos calles y escaparates a la búsqueda de algunas fornituras que nuestro protagonista necesitaba para la restauración de uno de sus Longines. Una vez encontrados en una minúscula tienda abarrotada de todo tipo de material relacionado con la relojería, volvemos a Neuchatêl. Por la noche, disfrutamos de una deliciosa cena en el restaurante Hôtel DuPeyrou, una impresionante mansión del siglo XVIII, en cuyos salones privados saboreamos las delicatessen del chef Craig Penlington. Además, tuvimos la suerte de contar con Mara Celant entre los comensales.

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El último día estuvo enteramente destinado al turismo; por suerte, el clima nos daba un respiro, y por primera vez en tres días vimos el sol asomarse por entre las nubes. Empezamos el tour en la ciudad medieval de Gruyère, un precioso enclave situado en una colina en cuya cima se ubica su pintoresco castillo del siglo XIII, cuya visita nos amenizó la mañana, completada con la imprescindible compra de quesos y chocolates.

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Posteriormente, nos dirigimos a la cercana estación de Montbovon para trasladarnos hasta Montreux en el tren panorámico Golden Pass. En un vagón Belle Époque reservado por Longines, disfrutamos durante más de una hora de una maravillosa travesía desde los Alpes de Friburgo hasta el extremo más oriental del Lago Léman, aderezado con una exquisita y sorprendente degustación de embutidos y quesos locales.

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Nada mas llegara Montreux, sede del internacionalmente afamado Festival de Jazz que se celebra desde 1967, nos dirigimos al Grand Hôtel Majestic donde, a orillas del lago, celebramos nuestro último almuerzo frente a una excepcional vista de los Alpes.

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El viaje llegaba a su fín. Tras los brindis de rigor, y después de despedirnos de Xavier Ligero, nos trasladamos al aeropuerto de Ginebra para tomar los respectivos aviones hacia Madrid y Barcelona.

Sólo me queda agradecer a Longines su hospitalidad y remarcar nuestro agradecimiento a Xavier Ligero, Mara Celant y a todas las personas con las que departimos y que nos prestaron toda su atención durante esta inolvidable visita. Mención especial a Miguel Ángel Palmer, nuestro perfecto anfitrión durante las tres jornadas que duró nuestra estancia.


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Sobre el Autor

Ingeniero geólogo, Master en Geología Marina y Master en Restauración Medioambiental, Co-fundador y editor en Watch-test. Opinión, pasión y rigor, son los pilares fundamentales que sustentan la redacción de mis artículos. La clave, disfrutar de una profesión que coincide con mi afición.

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