Desde el siglo XIX y hasta finales de los años 70 del siglo pasado, los concursos de cronometría de los observatorios se convirtieron en la mayor fuente de prestigio para las marcas relojeras. Todas se afanaban en presentar sus mejores creaciones, utilizando luego  los premios obtenidos para publicitar su pericia técnica. En la segunda mitad del siglo XX estos concursos desaparecieron, probablemente por el auge de la publicidad tal como hoy la conocemos,  aunque algunos de ellos han retomado su testigo, como por ejemplo el del Museo de relojería de Le Locle en 2009.

Actualmente, además de la importancia que sigue representando la precisión cronométrica de un reloj, a éste se le piden otro tipo de valores que pueden llegar a ser una característica definitiva para decantar al posible comprador en su adquisición, como pueden ser por ejemplo su nivel de acabado, procedencia, fiabilidad o su grado de protección anti-magnética. Dispuestos a ofrecer al cliente las mejores garantías posibles respecto a estos parámetros, las firmas han ido adaptando sus productos a diferentes certificaciones que validen objetivamente su calidad, ya sea desde el más antiguo como el Punzón de Ginebra (1886), pasando por el COSC, el Swiss Made, el sello Patek, la Qualité Fleurier o la más novedosa alianza entre Omega y el METAS que os presentamos recientemente en este artículo.

La Qualité Fleurier es una de las certificaciones menos conocidas por el público, un hecho  que se debe tanto a su reciente creación, como por englobar marcas que no se sitúan entre las 20 más vendidas a nivel mundial. Creada el 5 de junio de 2001, la Fondation Qualité Fleurier (FQF) deriva de un proyecto conjunto llevado a cabo por Chopard, Parmigiani Fleurier y Bovet Fleurier para establecer nuevos criterios estéticos y técnicos dedicados a la certificación de relojes terminados. Unos años después, la FQF lanzó su propio certificado de calidad Qualité Fleurier, del cual se cumple este año su 10º aniversario.

De izquierda a derecha: M. Scheufele, co-presidente de Chopard; Maître Hofner, presidente de la Fondation Qualité Fleurier; M. Parmigiani, presidente de Parmigiani Fleurier y M. Raffy, propietario de Bovet Fleurier

De izquierda a derecha: M. Scheufele, co-presidente de Chopard; Maître Hofner, presidente de la Fondation Qualité Fleurier; M. Parmigiani, presidente de Parmigiani Fleurier y M. Raffy, propietario de Bovet Fleurier

Los inicios del certificado

El certificado de la Fundación Calidad Fleurier debe su origen a unas conversaciones que tuvieron lugar entre Karl-Friedrich Scheufele y Michel Parmigiani a comienzos de los años 2000. Los respectivos presidentes de la Manufactura Chopard y Parmigiani Fleurier estaban interesados en establecer una definición uniforme de las expresiones “de lujo” y “prestigio” en el mundo de la relojería. Juntos, dirigieron el proyecto desde el principio. ¿Qué es la calidad en el mundo de la relojería?, ¿Qué espera el cliente final? ¿Qué conflictos pueden surgir entre la búsqueda de la calidad y los requisitos que conlleva la producción en serie? Y finalmente, ¿Cómo se podría certificar esta calidad, de un modo que resultara creíble para los clientes? Estas preguntas llevaron a los dos relojeros a concretar las líneas de lo que se convertiría en el certificado más deseado hasta la fecha.

El certificado se encuentra a disposición de todos los fabricantes de la Alta Relojería mecánica suiza, y no solo a los que están instalados en Fleurier, como algunos creen erróneamente. Pensando en el cliente final, los requisitos que garantiza la Foundation Qualité Fleurier incluyen la precisión en cualquier circunstancia, la resistencia, la durabilidad y una calidad impecable de los acabados estéticos.

En la segunda parte de este artículo podréis descubrir los criterios que convierten a la Qualité Fleurier en una de las más exigentes del panorama relojero mundial.


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Sobre el Autor

Ingeniero geólogo, Master en Geología Marina y Master en Restauración Medioambiental, Co-fundador y editor en Watch-test. Opinión, pasión y rigor, son los pilares fundamentales que sustentan la redacción de mis artículos. La clave, disfrutar de una profesión que coincide con mi afición.

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